He llegado, incluso, a la conclusión de que el olfato es el 'sentido olvidado' puesto que siempre está ahí, pero nunca reparamos en él. Y no hace falta irse hasta una comarca del norte de Bulgaria para darse cuenta de que todos los pueblos y ciudades tienen su olor particular: Córdoba y Jaén huelen a aceite de oliva, Almería huele a mar Mediterráneo, Sevilla huele a cáncer de pulmón y El Ejido a melón podrido...

Dicho esto, retomo: el sábado por la tarde salí a pasear por las calles de G. Oryahovitsa. No es una ciudad tan pequeña. Es cierto que no llega a los 40.000 habitantes, pero también es cierto que predominan las casas unifamiliares, lo cual la hace muy extensa. La abundancia de éste tipo de construcciones y la anarquía en la ordenación urbana, hacen que G. Oryahovitsa se debata entre la ciudad y el campo (mucho más que entre el pueblo y la ciudad). Yo vivo en el centro, cerca de la famosa plaza que sale en todas las postales de Gorna Oryahovitsa. Pero esa privilegiada ubicación no me priva del olor a leña que se asoma a menudo por mi ventana. No mucho más lejos se encuentra la calle Nikola Petrov. En ella está el colegio donde trabaja mi asociación y, justo en frente, la biblioteca (y casa de la cultura) donde se imparten los talleres de teatro. A medida que subes la calle, la ciudad se transforma en campo y se empieza a notar un olor como a higo chumbo.
Nunca he sido un gran amante de la flora, así que no sabría decir cuál es el fruto de los inmensos árboles de la calle Nikola Petrov. Quizá sean autóctonos de esta verde Bulgaria. Por otro lado, lo que sí reconozco enseguida es el aroma de las parras que tanto abundan en las casitas de la zona. Antes de llegar a ellas, se asoma un edificio de oficinas entre las cuales está “Youth Tolerance”: mi asociación de acogida. A veces, desde su tercera planta llego a oler las patatas o los pimientos rojos que el vecino está asando en su jardín.
